Sobre la felicidad, los cartelitos con frases de autoayuda y las crisis existenciales




Siglo XXI, depresión camuflada en sonrisa.

     Búsqueda insaciable de una felicidad utópica. Lo líquido de Bauman, donde todo se torna en algo temporal e inestable, careciendo de aspectos sólidos. Todo lo que tenemos es cambiante y con fecha de caducidad. Se busca la felicidad en “cosas” que se suplantarán tan velozmente como fueron adquiridas. Pero lo problemático no es el cambio constante de teléfonos celulares, sino el de las relaciones. Relaciones que se desechan por nimiedades. Antes, no mucho antes, las parejas todo lo aguantaban, probablemente en exceso, ahora nada es soportable y las relaciones terminan con la rapidez con la que baja la marea en una playa solitaria. Un dedo pulgar desplazándose compulsivamente hacia arriba, unos ojos deteniéndose un segundo y el cerebro ordenando que se chiclee sobre un corazoncito en una foto con una frase de autoayuda para una generación de sonrientes depresivos que están convencidos de que solucionaran sus crisis existenciales compartiendo cartelitos con mujeres caminando sobre una verde pradera con rayos de sol iluminándoles los cabellos al viento, (foto, por si no se recordaba sobre que se estaba leyendo) atravesada por una frase atribuida a alguien importante para resultar creíble y que aparentemente mejorará la autoestima y enaltecerá el ego tal como Jesús, el primer coaching ontológico, hizo con Lázaro ordenándole que se levante y ande. A mirada ligera se puede observar que hace más de 2000 años que se repite la misma frase sistemáticamente de generación en generación de domingo a domingo y, sin embargo, el ego de los humanos sigue alicaído.

     Como Neo dentro de la “Matrix” sobresaltándose al oír a la Pitonisa decirle que tenga cuidado con el jarrón, que lógicamente romperá, la profecía de un suceso lleva al suceso de la profecía, dice Watzlawick. No es este el caso. Los cartelitos de autoayuda, que surgen como una nueva religión intentando sostener la angustia del hombre a partir del pensamiento mágico (como se debe), solo traen frustración.  “Qué lindo cartelito”, “voy a empezar yoga”, “Voy a ser diferente”, “Empiezo a correr” “Yo puedo”, “El sueño americano”, “Todo depende de mí”. Casi nada depende de mí, casi todo depende de los otros. Dependo del que encarece la boleta de luz, de los precios del supermercado, de que quienes amo no se enfermen gravemente, de que no me asalten al salir de casa, de que no se me caiga un balcón sobre la cabeza cuando camino por la vereda, de que el auto frene cuando cruzo la calle por la senda peatonal, de que no me despidan del empleo, de que al tipo de arriba no se le olvide la canilla de la bañadera abierta, de que, de que, de que…. Los cartelitos solo sirven si se vive solo, aislado, en una montaña e interactuando con un oso que no sabemos cómo se llama y conocimos hace un rato, porque si lo conocemos desde hace más de un rato tenemos el  problema de comenzar a temer que le pase algo y la felicidad deja de depender de nosotros nuevamente. Que la felicidad del ser humano dependa de otros, no resta que cada uno tenga que hacer su parte, es decir “ese casi” que Sí depende de la destreza y habilidad personal para no amargarse a cada instante, obviamente cuando la vida no pega duro y en cuyo caso la amargura es inevitable.  Es para observar y tener en cuenta que la escala de felicidad es absolutamente subjetiva y, por lo tanto, cada cual le pondrá el valor que se le antoje.

     ¿La felicidad está en el comienzo y no en la meta?

     Según el antiguo testamento éramos felices hasta que Dios nos echó del paraíso. Según Mircea Eliade siempre buscamos regresar a ese paraíso y según Freud todo se remite a la infancia, es decir, al principio como paraíso.  “Nunca crezcas, es una trampa” nunca crezcas, si tenés un papá y una mamá que te cuidan y protegen, aun de ellos, si tenés para comer todos los días y tenés salud entre otras cosas esenciales y si te sentís lo suficientemente mal y ya creciste siempre podés acurrucarte en posición fetal y cerrar los ojos. Probablemente, la idea correcta de felicidad sea estar siempre de viaje sin llegar jamás. Lo cierto es que lo más probable es nunca se llegue a ninguna parte y se supone que si llegamos, ¿Qué hacemos?. ¿Volvemos a empezar? ¿Empezamos a hacer otra cosa? ¿Disfrutamos por cuanto tiempo de la llegada? Además de la fantasía de no hacer nada mirando el cielo y comiendo cocos, ¿Qué hacemos en la llegada?.

     Bernard Shaw sostenía que la gran tragedia de la vida es no poder cumplir con el deseo y cumplirlo.

     La felicidad quizá sea viajar lleno de esperanza consciente de que no se va a llegar nunca y de esa manera disfrutar de mirar a través de la ventanilla del tren mientras hace agotadoras paradas en cada estación. Disfrutar un poco del viaje. Es cierto que esta metáfora nos ubica como espectadores de la vida y no como seres activos o arrojados al mundo al estilo Sartre, pero se resignificaría la idea de que la felicidad son pequeños instantes que al final de todo ocupan tantos renglones como tiene una página de una hoja rayada tamaño A4.

     Carl Jung fue el primero que hablo en occidente sobre la importancia de la trascendencia en el ser humano. Sostuvo que el problema del hombre es la falta de sentido en la vida (Luego muchos usaron este concepto incluso resilientes como Viktor Frankl que escribió un libro famoso sobre el tema y hasta instituyó una corriente psicológica, la logoterapia) y que en cierto momento en el proceso de individuación, generalmente en la mediana edad, se produce un replanteo sobre el tema, ¿Qué he hecho de mi vida?, ¿Es esto lo que quiero para el resto de mi vida?, la respuesta suele encontrarse a partir de tomar decisiones, buscar un nuevo sentido y repensar  la trascendencia, La parte que cada uno pone para su felicidad inexorablemente significa tomar decisiones sobre lo que se hace y lo que se quiere, probablemente en función de la trascendencia ¿de lo contrario qué sentido tendría hacer las cosas que hacemos? ¿solo para nosotros? Sería egoísta y hedonista. Y acá volvemos al principio, a lo líquido de Bauman, lo hecho para no perdurar y el convencimiento aprendido en cartelitos con frases de autoayuda “Nada es para siempre”, profecía autocumplida que desde el comienzo genera malestar y sistemáticamente termina en crisis existencial. Es cierto y nadie duda que Kierkegaard tenía razón en que la angustia existencial es causada por el conocimiento de la  propia finitud, pero antes, y cuando hablo de antes me refiero a 50 años atrás, la búsqueda incansable de la trascendencia permitía mitigar la angustia; hoy, el hedonismo, la caída vertiginosa de los símbolos religiosos y lo líquido de las relaciones, solo deja el vacío de no ser. 

     Frente a las crisis existenciales y a la necesidad de tomar decisiones que cambien lo que la vida nos dejó ser, en una terapia junguiana se comienza por el principio, pero un principio del acá y el ahora, es decir, trabajando sobre el arquetipo de la persona o de la máscara. Al fin y al cabo el individuo se preocupa excesivamente en adaptarse al mundo social, convenciéndose de que la imagen construida constituye la totalidad de la personalidad. Y, sin embargo, utiliza máscaras para intentar Ser. ¿Alguna vez te preguntaste quién sos? ¿Sos el que está con tus hijos? ¿El que habla con el jefe en el empleo? ¿El que se divierte con los amigos? ¿El que decís ser en las redes sociales? ¿El que pone un cartelito con una frasecita de autoayuda en la pantalla de inicio del celular para intentar proyectarse en lo que no se va a ser nunca? ¿O el que se mira al espejo cuando está solo?