Bosquejo de mis apuntes sobre la inmortalidad

  
     La felicidad es una foto, no una película. La foto enmarca e inmortaliza el instante de la sonrisa, sin embargo, en la película inexorablemente esa sonrisa se diluye transcurridos algunos fotogramas. No es necesario probar nada. La prueba solo es un desequilibrio entre las posibilidades que anula a todas ellas, excepto a dos, a la prueba y a la fe. 
  
    ¿Es anónimo el azar?. ¿O es un soplo divino como aquel que dio vida a Adán y a Eva, que impulsa a flotar en el aire un collage de imágenes incongruentes, detalles inesperados de la representación mimética de lo imposible?.

    Noches atrás, embadurnado en cuarentena, se me antojo filmarles a mis hijos una película contándoles la historia de Odiseo. Cuando armé mentalmente el primer párrafo me di cuenta de que antes debía explicarles los hechos acontecidos en Troya para que comprendieran, cristalinamente, el porqué de esa Odisea. Pero cuando quise hablar de Troya consideré imposible que entendieran la magnitud de los sucesos si no narraba los hechos que desencadenaron la guerra, por lo tanto, no me quedó otra opción que sumergirme hasta lo más profundo de la cosmogonía griega. Ahí, buceando entre Caos y dioses creadores, pensé que era fundamental hacer una síntesis de las teogonías precedentes y contemporáneas que influenciaron diacrónicamente en la religión griega, y así, en una especie de “Máquina de Rube Golberg” retrocedí hasta la Sumeria de Gilgamesh donde pude retomar el sólido hilo de la historia. En la primera hora, y media de relato me sorprendí, ensimismado, nombrado media docena de veces, la misma profecía enmarcada en mitos diferentes. La profecía en cuestión es la que reciben Zeus y Posidón al pretender a la nereida Tetis, una de las 50 hijas del antiguo dios del mar Nereo, “El hijo va a ser más poderoso que el padre”. La frase contiene una complejidad mucho más significativa de la que aparenta a simple vista y precisamente por esa complejidad desencadenará una serie de sucesos extraordinarios: el miedo y renuncia de los pretendientes, la boda de Tetis con Peleo, la no invitación a la Diosa Eris, la manzana de la discordia, el juicio a Paris, la fuga de Helena y la guerra de Troya que decantará en la odisea. Entender el recorrido recurrente en el ciclo mitológico griego de esta profecía hace comprensible el miedo de los pretendientes; su abuelo Urano. Dios creador, la había escuchado antes de ser derrocado por su hijo Cronos, que a su vez la había escuchado antes de ser derrocado por sus hijos, Zeus y Posidón. 


    Los mitos conforman los cimientos de todas las religiones y siempre cuentan historias de dioses. No son ni verdaderos ni falsos, son útiles o cayeron en desuso. Son estructuras mentales colectivas cuyas funciones primordiales son las de explicar lo que no se puede explicar a través de la razón y la de servir como modelos de comportamiento frente a determinadas situaciones.
    En el caso particular de ésta profecía se da una repetición ideológicamente intencionada a apuntalar una idea irrevocable de individualidad y gloria personal bajo la sombra de un camino del héroe digno de imitar.




    Las tres Moiras, Cloto, Láquesis y Átropos eran quienes controlaban el destino de los antiguos griegos, incluso la de los dioses. Cloto hilaba la hebra de la vida, Láquesis medía con una vara la longitud y Átropos -cuya traducción del griego es “la inexorable”- era quien, llegado el momento estipulado, cortaba con filosa tijera la hebra de la vida. Las Moiras tuvieron su equivalente en cada religión conocida, las Parcas en la romana o las Normas en la escandinava fueron solo algunas de ellas. Siempre son tres, número simbólico que representa tanto el pasado, el presente y el futuro, como el cielo, la tierra y el averno. Lo cierto es que en el mundo antiguo, la humanidad no tenía injerencia ni decisión sobre su futuro. Su destino estaba predeterminado, decidido por otros desde el instante del nacimiento. El ejemplo paradigmático que sostiene esta creencia fue la muerte de Esquilo (455 a.c), padre de la tragedia griega, solo derrotado en concurso literario con Sófocles y vencedor como guerrero de famosas batallas contra los Persas. Curioso sobre su muerte, visita el oráculo de Delfos que le anuncia una inminente muerte aplastado por una casa. Temeroso marcha a vivir en la soledad del desierto, donde un águila, confundiendo su cabeza calva con una piedra, arroja desde la altura una tortuga con el fin de partir el caparazón. Esquilo murió aplastado por una casa. Este constructo se transforma radicalmente con el advenimiento del cristianismo, donde cada sujeto pasa a ser responsable de sus propios actos y a tener el control sobre su destino, aunque no exento del castigo divino si esos actos no son apropiados, pero al fin y al cabo, la decisión es de uno mismo y el camino de la vida lo hace cada uno a su manera. 

    Caín es el primogénito de Adán y Eva, Abel fue su segundo hijo. Caín era labrador, trabajaba la tierra, Abel era pastor, cuidaba de ovejas. Ambos ofrecieron tributos a Dios (su abuelo). Dios prefirió la carne de oveja a los frutos del campo (evidentemente Dios pensaba que la ensalada no era comida sin un buen bife) Caín envuelto en celos, asesina a Abel. El análisis clásico giró siempre en torno a que Caín labraba para sí en contraposición de Abel que cuidaba de las ovejas, es decir, de los otros (hecho filantrópico que lo daba vencedor, sin tener en cuenta que las plantas también son seres vivos y que tanto Abel, como Caín se comerían su trabajo). Dios castigó a su nieto Caín otorgándole la imposibilidad de morir y obligándolo a un cruel exilio que lo arrastraría a vagar eternamente por la tierra. Caín pide piedad aduciendo que lo pueden herir estando entre gente extraña, Dios es inflexible y lo marca a flor de piel asegurándole que quien lo hiera será herido siete veces. Su castigo es ser inmortal y nunca tendrá el privilegio de ser herido.

Ser inmortal es un castigo según la exegesis del libro sagrado judío - cristiano

    Gilgamesh, el héroe Sumerio cuya epopeya es considerada el escrito épico más antiguo conocido y base obligada de plagios para todos los libros sagrados de las civilizaciones posteriores, buscaba la inmoralidad. Todas sus aventuras y desdichas se centran en ese hecho y lo curioso es que alguien, por ejemplo yo, 4500 años después de que él se hubiese convencido de su fracaso, está contando esto y lo hace permanecer.


¿Qué es ser inmortal?

    Permanecer. De algo estamos seguros y no hay discusión posible sobre el tema, desde que nacemos hasta que morimos, somos la mirada del otro. Los únicos que no hemos podido vernos el rostro somos nosotros mismos, sabemos del color de nuestros ojos por el reflejo de un espejo o por los ojos de quien nos mira. No me caben dudas de que la inmortalidad tiene que ser eso, permanecer en el otro. El hecho de que otro nos siga mirando hace que la inmortalidad sea posible, sea tangible. Por lo tanto, si tras morir permanecemos en otro, logramos la inmortalidad y este es el concepto actual de trascendencia. 

    Borges no necesitaba tener hijos para trascender (se lo oí decir a María Kodama en una entrevista del año 2019 que le hizo Pablo Sirvén para el canal de La Nación) como tampoco lo necesitaban Zeus o Posidón.

 El Uroboros es el símbolo de la inmortalidad por excelencia, el dragón se asesina y se trae a la vida por sí mismo, se fertiliza y se da a luz, se come y renace. ¿Pero a los simples mortales que otra cosa les queda que la intrascendente trascendencia de los hijos? Esa trascendencia que se asemeja no a querer atrapar el viento con la mano, sino a creer que realmente el viento está en la mano. ¿Cuánto tiempo se pueden mantener los dedos aprisionados creyendo que el viento está cautivo? ¿Cuánto dura esa inmortalidad? Recordamos hasta nuestros abuelos y los mantenemos inmortales con nuestra existencia, con nuestra muerte no solo morimos nosotros, sino también una cadena de personas que sobrevivían en nosotros. En la sociedad actual no es poco atinado asegurar que los nietos son el último refugio de la inmortalidad de un ser humano; con suerte morimos junto a nuestros nietos.

Análisis de mis apuntes

    Evidentemente en el mundo antiguo el trascender no tenía ninguna importancia y menos la trascendencia puesta en los hijos. La vida estaba signada por un destino irrevocable. Nada de lo que se hiciera iba a cambiar la longitud y la calidad de la hebra. Pero con el advenimiento del cristianismo el hombre queda echado a su suerte. Son sus acciones lo que van a determinar su futuro y su permanencia, la vida es una “tabula rasa”.

    El hombre antiguo es un hombre de espaldas a un futuro al que es arrastrado irremediablemente. Este hombre es un hombre que sufre la pérdida del origen perfecto, del paraíso primordial, del cual fue arrojado cuando Pandora destapó la caja o cuando Adán comió el fruto de la sabiduría. Todo en un comienzo era mejor y es necesario volver para sentirse feliz. Pero el hombre se aleja desesperadamente del origen y se observa un carácter compulsivo de tendencia regresiva. Se produce un movimiento de eterno retorno que tiene como única finalidad la búsqueda de sentido y de felicidad.
    El modelo judío, que en realidad es un modelo que ya se conocía en la Mesopotamia de Gilgamesh invierte todo con el mismo fin, este hombre se pone de espaldas al pasado y mira el futuro, espera un mesías que no llega (de llegar tampoco lo reconocería), para que le diga que hacer. El presente es solo un rito de paso para volver al paraíso perdido.
    El cristianismo, como había conceptualizado antes, centra al hombre en el presente, Cristo es principio y fin, la trascendencia se despliega como un espiral que lo abarcara todo. Dios se hizo hombre, se trasciende a través del hijo, el espíritu mantiene vigencia entre los hombres. Si no se es Mozart, Dostoievski o Van Gogh, solo resta tener Fe en el hijo para poder trascender, de lo contrario, escribió mi abuelo Carlos Boveri, todo habrá sido, si fue, una diáfana ráfaga helada.