Bosquejo de mis apuntes sobre la inmortalidad

  
     La felicidad es una foto, no una película. La foto enmarca e inmortaliza el instante de la sonrisa, sin embargo, en la película inexorablemente esa sonrisa se diluye transcurridos algunos fotogramas. No es necesario probar nada. La prueba solo es un desequilibrio entre las posibilidades que anula a todas ellas, excepto a dos, a la prueba y a la fe. 
  
    ¿Es anónimo el azar?. ¿O es un soplo divino como aquel que dio vida a Adán y a Eva, que impulsa a flotar en el aire un collage de imágenes incongruentes, detalles inesperados de la representación mimética de lo imposible?.

    Noches atrás, embadurnado en cuarentena, se me antojo filmarles a mis hijos una película contándoles la historia de Odiseo. Cuando armé mentalmente el primer párrafo me di cuenta de que antes debía explicarles los hechos acontecidos en Troya para que comprendieran, cristalinamente, el porqué de esa Odisea. Pero cuando quise hablar de Troya consideré imposible que entendieran la magnitud de los sucesos si no narraba los hechos que desencadenaron la guerra, por lo tanto, no me quedó otra opción que sumergirme hasta lo más profundo de la cosmogonía griega. Ahí, buceando entre Caos y dioses creadores, pensé que era fundamental hacer una síntesis de las teogonías precedentes y contemporáneas que influenciaron diacrónicamente en la religión griega, y así, en una especie de “Máquina de Rube Golberg” retrocedí hasta la Sumeria de Gilgamesh donde pude retomar el sólido hilo de la historia. En la primera hora, y media de relato me sorprendí, ensimismado, nombrado media docena de veces, la misma profecía enmarcada en mitos diferentes. La profecía en cuestión es la que reciben Zeus y Posidón al pretender a la nereida Tetis, una de las 50 hijas del antiguo dios del mar Nereo, “El hijo va a ser más poderoso que el padre”. La frase contiene una complejidad mucho más significativa de la que aparenta a simple vista y precisamente por esa complejidad desencadenará una serie de sucesos extraordinarios: el miedo y renuncia de los pretendientes, la boda de Tetis con Peleo, la no invitación a la Diosa Eris, la manzana de la discordia, el juicio a Paris, la fuga de Helena y la guerra de Troya que decantará en la odisea. Entender el recorrido recurrente en el ciclo mitológico griego de esta profecía hace comprensible el miedo de los pretendientes; su abuelo Urano. Dios creador, la había escuchado antes de ser derrocado por su hijo Cronos, que a su vez la había escuchado antes de ser derrocado por sus hijos, Zeus y Posidón. 


    Los mitos conforman los cimientos de todas las religiones y siempre cuentan historias de dioses. No son ni verdaderos ni falsos, son útiles o cayeron en desuso. Son estructuras mentales colectivas cuyas funciones primordiales son las de explicar lo que no se puede explicar a través de la razón y la de servir como modelos de comportamiento frente a determinadas situaciones.
    En el caso particular de ésta profecía se da una repetición ideológicamente intencionada a apuntalar una idea irrevocable de individualidad y gloria personal bajo la sombra de un camino del héroe digno de imitar.




    Las tres Moiras, Cloto, Láquesis y Átropos eran quienes controlaban el destino de los antiguos griegos, incluso la de los dioses. Cloto hilaba la hebra de la vida, Láquesis medía con una vara la longitud y Átropos -cuya traducción del griego es “la inexorable”- era quien, llegado el momento estipulado, cortaba con filosa tijera la hebra de la vida. Las Moiras tuvieron su equivalente en cada religión conocida, las Parcas en la romana o las Normas en la escandinava fueron solo algunas de ellas. Siempre son tres, número simbólico que representa tanto el pasado, el presente y el futuro, como el cielo, la tierra y el averno. Lo cierto es que en el mundo antiguo, la humanidad no tenía injerencia ni decisión sobre su futuro. Su destino estaba predeterminado, decidido por otros desde el instante del nacimiento. El ejemplo paradigmático que sostiene esta creencia fue la muerte de Esquilo (455 a.c), padre de la tragedia griega, solo derrotado en concurso literario con Sófocles y vencedor como guerrero de famosas batallas contra los Persas. Curioso sobre su muerte, visita el oráculo de Delfos que le anuncia una inminente muerte aplastado por una casa. Temeroso marcha a vivir en la soledad del desierto, donde un águila, confundiendo su cabeza calva con una piedra, arroja desde la altura una tortuga con el fin de partir el caparazón. Esquilo murió aplastado por una casa. Este constructo se transforma radicalmente con el advenimiento del cristianismo, donde cada sujeto pasa a ser responsable de sus propios actos y a tener el control sobre su destino, aunque no exento del castigo divino si esos actos no son apropiados, pero al fin y al cabo, la decisión es de uno mismo y el camino de la vida lo hace cada uno a su manera. 

    Caín es el primogénito de Adán y Eva, Abel fue su segundo hijo. Caín era labrador, trabajaba la tierra, Abel era pastor, cuidaba de ovejas. Ambos ofrecieron tributos a Dios (su abuelo). Dios prefirió la carne de oveja a los frutos del campo (evidentemente Dios pensaba que la ensalada no era comida sin un buen bife) Caín envuelto en celos, asesina a Abel. El análisis clásico giró siempre en torno a que Caín labraba para sí en contraposición de Abel que cuidaba de las ovejas, es decir, de los otros (hecho filantrópico que lo daba vencedor, sin tener en cuenta que las plantas también son seres vivos y que tanto Abel, como Caín se comerían su trabajo). Dios castigó a su nieto Caín otorgándole la imposibilidad de morir y obligándolo a un cruel exilio que lo arrastraría a vagar eternamente por la tierra. Caín pide piedad aduciendo que lo pueden herir estando entre gente extraña, Dios es inflexible y lo marca a flor de piel asegurándole que quien lo hiera será herido siete veces. Su castigo es ser inmortal y nunca tendrá el privilegio de ser herido.

Ser inmortal es un castigo según la exegesis del libro sagrado judío - cristiano

    Gilgamesh, el héroe Sumerio cuya epopeya es considerada el escrito épico más antiguo conocido y base obligada de plagios para todos los libros sagrados de las civilizaciones posteriores, buscaba la inmoralidad. Todas sus aventuras y desdichas se centran en ese hecho y lo curioso es que alguien, por ejemplo yo, 4500 años después de que él se hubiese convencido de su fracaso, está contando esto y lo hace permanecer.


¿Qué es ser inmortal?

    Permanecer. De algo estamos seguros y no hay discusión posible sobre el tema, desde que nacemos hasta que morimos, somos la mirada del otro. Los únicos que no hemos podido vernos el rostro somos nosotros mismos, sabemos del color de nuestros ojos por el reflejo de un espejo o por los ojos de quien nos mira. No me caben dudas de que la inmortalidad tiene que ser eso, permanecer en el otro. El hecho de que otro nos siga mirando hace que la inmortalidad sea posible, sea tangible. Por lo tanto, si tras morir permanecemos en otro, logramos la inmortalidad y este es el concepto actual de trascendencia. 

    Borges no necesitaba tener hijos para trascender (se lo oí decir a María Kodama en una entrevista del año 2019 que le hizo Pablo Sirvén para el canal de La Nación) como tampoco lo necesitaban Zeus o Posidón.

 El Uroboros es el símbolo de la inmortalidad por excelencia, el dragón se asesina y se trae a la vida por sí mismo, se fertiliza y se da a luz, se come y renace. ¿Pero a los simples mortales que otra cosa les queda que la intrascendente trascendencia de los hijos? Esa trascendencia que se asemeja no a querer atrapar el viento con la mano, sino a creer que realmente el viento está en la mano. ¿Cuánto tiempo se pueden mantener los dedos aprisionados creyendo que el viento está cautivo? ¿Cuánto dura esa inmortalidad? Recordamos hasta nuestros abuelos y los mantenemos inmortales con nuestra existencia, con nuestra muerte no solo morimos nosotros, sino también una cadena de personas que sobrevivían en nosotros. En la sociedad actual no es poco atinado asegurar que los nietos son el último refugio de la inmortalidad de un ser humano; con suerte morimos junto a nuestros nietos.

Análisis de mis apuntes

    Evidentemente en el mundo antiguo el trascender no tenía ninguna importancia y menos la trascendencia puesta en los hijos. La vida estaba signada por un destino irrevocable. Nada de lo que se hiciera iba a cambiar la longitud y la calidad de la hebra. Pero con el advenimiento del cristianismo el hombre queda echado a su suerte. Son sus acciones lo que van a determinar su futuro y su permanencia, la vida es una “tabula rasa”.

    El hombre antiguo es un hombre de espaldas a un futuro al que es arrastrado irremediablemente. Este hombre es un hombre que sufre la pérdida del origen perfecto, del paraíso primordial, del cual fue arrojado cuando Pandora destapó la caja o cuando Adán comió el fruto de la sabiduría. Todo en un comienzo era mejor y es necesario volver para sentirse feliz. Pero el hombre se aleja desesperadamente del origen y se observa un carácter compulsivo de tendencia regresiva. Se produce un movimiento de eterno retorno que tiene como única finalidad la búsqueda de sentido y de felicidad.
    El modelo judío, que en realidad es un modelo que ya se conocía en la Mesopotamia de Gilgamesh invierte todo con el mismo fin, este hombre se pone de espaldas al pasado y mira el futuro, espera un mesías que no llega (de llegar tampoco lo reconocería), para que le diga que hacer. El presente es solo un rito de paso para volver al paraíso perdido.
    El cristianismo, como había conceptualizado antes, centra al hombre en el presente, Cristo es principio y fin, la trascendencia se despliega como un espiral que lo abarcara todo. Dios se hizo hombre, se trasciende a través del hijo, el espíritu mantiene vigencia entre los hombres. Si no se es Mozart, Dostoievski o Van Gogh, solo resta tener Fe en el hijo para poder trascender, de lo contrario, escribió mi abuelo Carlos Boveri, todo habrá sido, si fue, una diáfana ráfaga helada.

Notas sobre un caso clínico de Pederastia

(31 sesiones)



Los nombres, lugares y algunas situaciones han sido modificadas por razones de confidencialidad. Mis notas se exponen para el estudio de la clínica de la pederastia dentro del marco teórico de la terapia directiva centrada en soluciones.

Es necesario aclarar que el tratamiento fue absolutamente fallido, probablemente por la imposibilidad de llevar adelante una clínica de la pederastía, como por mis errores en las intervenciones que culminan en una relación transferencial que hace imposible la continuidad de la terapia. La elección del marco teórico me pareció el más adecuado en el inicio del tratamiento y a medida que la terapia fue avanzando debí cambiarlo a un marco analítico junguiano, pero para esa instancia, como dije antes, la transferencia hacía inevitable un final abrupto en la relación terapéutica.

P. ingresa a mi consulta en junio de 2019 con 22 años escuchando música a través de unos auriculares excesivamente grandes que recién se quita cuando literalmente se desmorona en el sillón. P. mide 1.85, bien parecido, pulcro y con vestimentas caras y a la moda. Es oriundo de una ciudad grande (X) de una provincia del norte del país y llegó a Bs. As cuatro años atrás para estudiar psicología, algo que podría haber hecho en X o en varias universidades más cercanas a las de Buenos Aires. Es de una familia tradicional bien acomodada, con dos hermanos varones menores que él. En cuatro años solo logro rendir 6 materias en la facultad, nunca trabajó y sus padres lo mantienen holgadamente en un departamento bien ubicado en una de las zonas más caras de la Capital. P. no tiene amigos en Bs. As. ni los tuvo en X. Durante sus estudios primarios y secundarios era burlado por sus compañeros a causa de su aspecto flaco, alto y desgarbado, algo que según P. le trajo problemas de autoestima. Tiene una personalidad introvertida, consume alcohol y diferentes drogas socialmente y gusta de ir a bailar. Baila él solo en la pista durante largas horas luego de tomar éxtasis (más adelante observaremos que las drogas tienen una funcionalidad inversa a la de los auriculares, pero el fin es el mismo, volverse invisible). Sale a pasear caminando o en bicicleta durante la noche y jamás, bajo ninguna circunstancia, traspasa el umbral de la puerta de su casa sin los auriculares en sus orejas.

    Definitivamente, dice, le gusta estar en Bs. As y perderse en la clandestinidad que le ofrece la noción de no ser observado ni juzgado por hacer lo que le gusta, “pasar el tiempo” y jugar casi compulsivamente al mismo videojuego desde hace años (juego de disparos en primera persona).

Consulta

El motivo de consulta es la falta de emotividad, dice no sentir nada “nada de nada”, falta de sentido en la vida “no encuentro motivo para hacer algo” “para que hacer algo si no hay futuro” todo para P es dejar que las horas trascurran, se siente desganado y cansado todo el tiempo, hace un año que no rinde una materia en la facultad y la causa no es la falta de capacidad, ya que se observa por su discurso claro y con vasto vocabulario una inteligencia adecuada y una cultura superior a la media con intereses por la cultura pop, la lectura de ficción, la música y el cine alternativo. El problema, según relata, es que queda libre en todas las materias en las que se anota porque no asiste a clases. Suele dormir durante el día y despertarse cuando anochece para sumergirse en una rutina de paseo por el barrio escuchando música “para poder pensar y que el tiempo pase” y regresar a jugar su videojuego hasta dormirse para comenzar idéntico ciclo el día siguiente. P. afirma que pierde interés rápidamente por toda cosa que comienza, lo curioso es que lo único que recuerda haber empezado en toda su vida, por propia decisión, es la facultad (iniciar terapia fue una sugerencia de sus padres consensuada por él). Dice tener una buena relación con los padres y con los hermanos, pero tenía pensado cambiar de ciudad desde que promediaba la escuela secundaria porque no quería seguir viviendo en X y siempre idealizo el hecho de vivir solo y en Buenos Aires, pero que pasado el tiempo no logra avanzar y se siente mal, ya que entiende que está grande para que lo sigan manteniendo y no poder ofrecer la devolución esperada por sus progenitores en lo académico (con el transcurso de la terapia  comprenderé, cristalinamente, que este es un doble discurso y que no existe puente que permita un cruce hacia la culpa o la vergüenza). Es necesario puntualizar que su situación académica es perfectamente conocida por sus padres con los que sostiene una charla frecuente y amena a través de las redes sociales.

En la primera consulta tomé nota de su falta de emotividad, de su desgano, de su soledad, de su sueño invertido, del hecho de no encontrar sentido a la vida, de una personalidad introvertida, de una baja autoestima (y aunque él remonta el origen a ser burlado por su aspecto, mirándolo en la actualidad resultaría absurdo pensarlo porque su apariencia es la misma que tienen los modelos que desfilan alta costura en las pasarelas. Siendo más directo y claro, he tenido pacientes con severos problemas de autoestima, con una altura de 1.55 cm y un peso de 120 kilos, y sí, es difícil trabajar la autoestima ahí, en P. a no ser que haya una dismorfia, me atreví en ese momento a pensar que otra cosa había por detrás que nada tenía que ver con el aspecto físico) y de que según su relato tiene una familia bien constituida que lo apoya en sus decisiones.

Me asegura que la mayoría de los síntomas actuales los acarrea desde la escuela primaria y que en realidad no puede recordarse sin ellos.

Más allá de que fue preguntada y respondida, la duda siguió en mi mente aun después de terminada la sesión ¿Por qué irse de X con 18 años a una ciudad en la que no conoce a nadie, a una distancia incómoda de su hogar, cuando podría haberse quedado en X para estudiar lo que quería estudiar? Mi consultorio es muy concurrido por estudiantes del interior por su ubicación céntrica, pero todos mis otros pacientes llegan a Bs As es porque no tienen la carrera que quieren estudiar en su ciudad y Bs As resulta lo más cercano a su hogar con el que mantienen escapadas esporádicas algunos fines de semana al mes. P. solo regresa a X para las fiestas de fin de año.

Siguientes sesiones

La consulta semanal tuvo una duración de 31 sesiones a las que nunca falto ni llegó tarde, incluso en varias oportunidades que baje a despedir al paciente del turno anterior, ya estaba P. en la vereda esperando (dejo 30 minutos entre pacientes para tomar notas y despejarme, por lo tanto, debido a mi falta de sala de espera tenía que seguir en la vereda hasta la hora de su turno), algo que evidentemente no le molestaba, ya que lo seguía haciendo con frecuencia. Era el último turno del día. 20.10 hs.

Luego de 3 sesiones diagnostique presuntivamente distimia para tener un punto de apoyo por dónde empezar a trabajar y para el historial clínico de su prepaga que lo requería, aunque si los síntomas se remontaban a 15 años, considere como posibilidad que podía tratarse de una estructura de personalidad. No deje de lado la primera nota de consulta, la falta de emotividad, y la dirigí como línea secundaria de trabajo ya que se me antojo realmente urgente como primera medida suprimir los síntomas distímicos. Para trabajar esta línea secundaria le presté una novela corta (considerando que era aficionado a la lectura) que se desarrolla a partir de la empatía entre los dos personajes principales con el fin de observar el estado de sus emociones. Di una derivación para un médico clínico para hacer estudios específicos de tiroides, ya que los síntomas son similares a los de la distimia y me resulta siempre importante desechar lo somático en un primer momento (los resultados de esos análisis descartarían problemas de tiroides). Concretamente, es acá donde noto por primera vez que algo no está bien en su relato, más tarde me daría cuenta que varias cosas no estaban bien. Cuando le nombro lo que creo es mi diagnóstico presuntivo, automáticamente comenta que su anterior terapeuta había diagnosticado exactamente mismo. En la ficha que se arma en la primera consulta junto con la firma del consentimiento informado, había asegurado que esta era su primera vez en terapia y que nunca había consultado otro psicólogo o psiquiatra. Ahora estaba afirmando que en realidad yo era el sexto terapeuta que lo atendía desde su llegada a Buenos Aires, pero le daba vergüenza decírmelo porque siempre abandonaba antes de las cuatro sesiones. Había sido diagnosticado con distimia seis veces en cuatro años y para mi sorpresa pasaron las cuatro sesiones y siguió asistiendo puntualmente.

El trabajo en terapia

Lo primero fue intentar suprimir los síntomas distímicos y P. se mostraba colaborativo, activo y deseoso de superarlos aprobando y siguiendo a rajatabla mis intervenciones (con esta simple postura ya sometíamos el desgano limitante)

Empecé por estructurar sus horarios para sostener una rutina que le permita empezar a hacer algo fuera de pasear su soledad por la noche y jugar videojuegos. Era fundamental el que pueda regresar a la facultad en el segundo cuatrimestre, ya que el primero lo había perdido.

En la cuarta sesión, la que se presuponía que debería abandonar según su historial, le surgen una serie de tics nerviosos (guiñar el ojo derecho y una mueca frunciendo el labio, esquema que repite coreográficamente una docena de veces en la sesión) que nunca le nombro ni le marco, él tampoco me dice nada sobre ellos y desaparecen a partir de la sesión nueve para nunca más volver, sin hablar jamás sobre el tema. A veces -solo a veces- no poner algo en palabra resulta por no existir o deja de tener sentido el sostenerlo.

P. es de pocas palabras y se le terminan luego de los primeros cinco minutos del relato de acciones semanales. Le pregunté a qué hora se había levantado y me contesto que a las 18 hs. Le dije que la tarea era que no se iba a acostar hasta el día siguiente a las 22 hs. Tenía que pasar 28 hs sin dormir. Después de tres intentos y recaídas logró revertir el sueño y estabilizar una rutina de levantarse a las 7 de la mañana para poder asistir a clases y por decantación a las 23 hs estaba tan cansado que se dormía. Tuvimos que trabajar el tema del fin de semana, momento donde se producía el cambio de sueño que llevaba a la recaída y rompía la rutina semanal, algo que se logró estabilizar en las primeras semanas de cursada en la facultad. En esa misma cuarta sesión le cargué en un pendrive la película “Alta Fidelidad, 2000” basada en la novela homónima de Nick Hornby y se lo preste para que la mirara en su casa. La tarea era hacer una lista como la que hace el protagonista, señalando los cinco trabajos en los que él se podría visualizar en un futuro. La intervención tenía como finalidad obtener variables para trabajar el encontrar un sentido a su vida, es decir, lograr establecer un punto donde dirigirnos. En la sesión siguiente había visto la película, le había gustado, la analizamos, pero no pudo poner una letra en la lista. Necesitábamos poder mirar hacia adelante y lo único que teníamos era la facultad, lo único que había elegido era estudiar psicología, por lo tanto, era de eso, de lo que nos teníamos que aferrar, porque no teníamos otra cosa.  

¿Cómo hacer que el ser psicólogo se transforme en el sentido de su vida? La respuesta es intentar que se apasione por lo que hace, que se interese en el hecho de ser psicólogo y no que lo vea como una obligación a cumplir. De por sí era su elección y lo único que según él había elegido en la vida, pero se había convertido en una tarea a hacer para seguir sosteniendo su existencia frente a sus padres, por lo tanto, no era algo placentero. Obviamente que se habló la posibilidad de cambio de carrera y se sugirió que hiciese una entrevista vocacional con un colega, pero su elección era psicología y en eso era tan irreductible como Oliverio Girondo con las mujeres que no saben volar.

A partir de la sexta sesión comenzamos a charlar sobre psicología. La idea establecida estaba centrada en que P. encontrara pasión charlando sobre teorías y autores y en mi trabajo (reflejo futuro del suyo). Y como apuntalamiento, una tarea simple, cuando salía a pasear (ahora a la tarde) tenía que entrar cada semana a una librería de usados, ir al sector de psicología y comprar un libro para leer, cualquiera, sobre el tema que le interesase y debía sentarse en un banco de una plaza o en un bar a leer algunas páginas (sacarlo de su casa por añadidura). En las siguientes sesiones llegaba siempre con un libro de psicología en la mano. Para la octava sesión me devolvió el libro que le había prestado en la tercera cita, pero trabajar las emociones fue una odisea imposible. P. no había sentido ninguna emoción ni empatía con los protagonistas (personajes de su edad y con vidas y contextos similares como para que se produzca fácilmente algún tipo de identificación). Para esta sesión comienzan a ser notorios algunos rasgos psicopáticos que parecían en un primer momento síntomas distímicos (aunque también estaba escrita mi duda por lo prematuros de sus comienzos).

Continuamos en esta línea de trabajo hasta la sesión 12 en que mantenía los horarios y estaba cursando bien las materias, leía y jugaba poco (la tarea era no que dejara de jugar, sino que jugara dos horas por día luego de finalizar lo que debía hacer). Cada día estaba diagramado hora por hora, impreso en papel y pegado en la puerta de la heladera donde podía ser visualizado fácilmente. Salía cada vez menos los sábados a la noche a bailar (tener presente que el salir a bailar para P. era a bailar. Una especie de Tony Manero sin sociabilización donde solo interactuaba con el que le vendía la entrada y con el de las drogas) y lo había cambiado por ir al cine, obviamente, solo. Le sugerí que se inscribiera en una academia de baile, pero desestimo la idea, ya que el bailar para él era moverse “enloquecidamente libre” sin más ritmo que el que le “pedía la música”. No le atraía la estructura del baile diseñado y aprendido. Estaba estudiando para la facultad, iba a alguna biblioteca o a un bar porque decía que en su casa no lograba concentrarse y si se quedaba le resultaba difícil aguantar la tentación y se ponía a jugar a su juego (esto era un avance extraordinario). Se notaban progresos, incluso cada vez usaba menos los auriculares, trabajamos con el tema lógico de los auriculares como armadura, fuente de protección (funcionan como el niño que al ver una sombra se mete bajo las sábanas pensando que está protegido contra el monstruo, en este caso P. protegiéndose de la gente). El trabajo consistía en caminar dos calles con y dos sin y como había una gran disposición para lograrlo se logró. P. pudo realizar el recorrido desde su casa al consultorio sin los auriculares. A esto se llega fortaleciendo la autoestima, haciendo que comience a creer en sí mismo. P. empieza a creer que no solo puede ser psicólogo, sino que puede ser uno bueno y habla de ello enfáticamente. Para que crea en sí mismo primero es necesario darle algo en que creer, algo por lo cual levantarse todas las mañanas y poder mirarse al espejo con orgullo por lo que hace y al fin y al cabo, por lo que es.

¿Cómo trabaje la autoestima de P.?

 ¿Uno es lo que hace o es algo más aparte de lo que hace? Las personas dicen ser arquitectos o abogados o médicas o maestras. Se identifican con lo que hacen y pasan a ser su profesión. Eso que hacen es su presentación en la sociedad, lo que los posiciona y da identidad frente al otro. Trabajando un simple razonamiento -por ejemplo- como el que Messi era mejor jugador de fútbol que él, pero como él no quería ser jugador de fútbol, es más, ni siquiera sabía las reglas porque no le importaba en lo más mínimo el fútbol, sino que él iba a ser Psicólogo e iba a ser mucho mejor psicólogo que Messi, ¿cómo podía sentirse inferiorizado frente a un jugador de fútbol?. La idea es buscar los puntos fuertes de la personalidad y apuntalarlos (como señalé antes, el ser psicólogo era lo único que teníamos para trabajar). Comprendiendo este tipo de razonamiento, el complejo de inferioridad que subyace bajo la falta de autoestima comienza a desvanecerse. Comparar nos centra y nos pone en posición. Vivimos entre opuestos, sabemos que algo está lejos porque conocemos lo cercano, salimos a la calle y decimos que hace frío porque sabemos lo que es el calor, Indicamos que alguien es alto porque existe en nosotros el concepto de lo bajo, comparamos inconscientemente todo el tiempo y ese continuo comparar lleva a interpretaciones inconscientes erróneas que producen complejos de inferioridad donde no tendría que haberlos. Tengo siempre presente a Tobi, el personaje entrañable de la historieta “La Pequeña Lulú” de Marge, que según los cánones de belleza estandarizados no era  muy agraciado físicamente, de por si fue dibujado como “el gordito” del grupo y en una tira de la década de 1950, uno de los niños del Oeste (los malos) se burlan de él por su peso acusándolo justamente de “Gordo”. Tobi les contesta, “Si, lo soy, ¿y alguno se anima a apostarme un peso a ver quien come más galletas?”. Ninguno le respondió, nadie se atrevió a apostarle. Tobi había derrotado la burla simplemente con una frase exacta donde demostraba su fortaleza e invencibilidad desde el núcleo de su debilidad. La dualidad de los opuestos nos permite comprender el mundo y a nosotros mismos. Volviendo al ejemplo de Messi, hay que tener en cuenta que es un futbolista en un equipo de once jugadores y él es el mejor en su posición, pero no es el mejor arquero, que de por sí también es un futbolista. En todo caso es el futbolista más exitoso de los últimos años en su puesto, el resto es cosa de los medios de comunicación y de la necesidad de las personas de idolatrar y proyectar sus fantasías de grandeza en alguien. Por lo tanto, se debe intentar ser eficiente y luchar por ser el mejor entre los que hacen lo mismo que hacemos nosotros y ahí es cuando la lista se afina y esa es la meta propuesta y con la que P. trabajaba de manera estupenda desde hacía apenas un mes y medio. Se puede estar en cualquier lugar, con cualquier gente sabiendo que no se es menos que nadie, porque en lo que uno hace y con lo que uno se identifica se es sobresaliente o se lo intenta ser. Luego, los parámetros de éxito son subjetivos y propios de cada uno, pero ese es un tema que no es necesario tratar acá.  Esta forma de analizar la realidad produce un cambio de perspectiva en la mirada de P. Ahora tiene una propuesta por la cual mirar más allá del horizonte. Hay un futuro para él ¿Acaso la especialización es el reducto de la autoestima baja?.

A la sesión 13 llegó sin aviso con su madre y sin auriculares. Cuando baje a abrir, el mismo P. preguntó si podía asistir a terapia con ella. Entraron los dos. Su madre había venido a visitarlo por el fin de semana porque no lo veía más que por videollamadas desde hacía meses y necesitaba darle un abrazo y estar con él.  Estaba muy preocupada, ignoraba qué tipo de vida llevaba P., solo sabía que estaba mal anímicamente y que no le estaba yendo bien en la facultad. Con ella trate específicamente el tema del inicio de los síntomas actuales en P. Indagué sobre si recordaba desde cuando los tenía. Asegura que su hijo fue siempre igual, solitario, introvertido y que lo recuerda jugando solo en su casa, aunque antes de que nacieran sus hermanos (6 y 8 años de diferencia con P.) era más extravertido. Ella misma intenta un análisis culpándose del tiempo que le quitó a P. luego del nacimiento de sus otros dos hijos y que cree que el dejar de ser el centro de atención para estar en un segundo plano, por las necesidades obvias de los más pequeños, lo volvió retraído y solitario. Nosotros teníamos avances inmediatos y concretos, así que entrar a analizar el nacimiento de sus hermanos y de cómo se sintió hace 14 años me resultó innecesario en ese momento. Quizá sería algo para trabajar más adelante si a P. se le antojaba. Los hechos posteriores me dieron la certeza que este punto no era una prioridad a trabajar.

La relación con la madre se veía correcta, respetuosa y amena, incluso amorosa, tal como debe ser, según lo que se aprende en las buenas películas de Hollywood y en la literatura inglesa clásica, pero esta parecía realmente sincera.  A P. se lo veía interactuar diferente, más abierto y lo que me resultó más llamativo, sin miedo a que se me fugara algo que su madre no debiera escuchar. Estaba seguro de mí y, sin embargo, yo me sentí algo incómodo porque ignoraba cuanto sabia la madre sobre los temas que habíamos trabajado y no es lo mío la improvisación.

A la madre le pronostiqué una inminente mejora -realmente así lo creía por los avances que veníamos teniendo- y me pidió estar en contacto ante cualquier imprevisto que surgiera, obviamente le dije que sí. Cuando entrabamos al ascensor para bajar y despedirnos, P. me dijo a viva voz “Tengo una cosa que quiero charlar la próxima, hágame acordar”.

Sesión 14.  Luego de despedir al paciente anterior, leí como hago siempre las notas del paciente entrante y estas me recuerdan que P. tenía la necesidad de contar algo. Hasta ahora no habíamos hablado de su sexualidad. Sabía que nunca había tenido pareja y con eso alcanzaba porque con el enfoque que se había tomado resultaba innecesario profundizar el tema, de haber sido necesario -de esto estaba convencido- hubiese surgido mucho antes y, sin embargo, no había sido así. Algunos gestos, la forma de cruzar las piernas, alguna mano que quedaba flotando en el aire más blanda de lo normal, una exacerbación fabricada de la pulcritud perfumada que no haría sospechar a Philip Marlowe porque lo daría por descontado, pero como no estamos en 1940 y en la actualidad el amaneramiento es algo común entre los hombres y aceptado por las mujeres empoderadas, considere que podría estar equivocado y que no era homosexual. Igualmente, mi intuición me decía que P. quería hablar de su homosexualidad (tengo esa palabra subrayada y con signo de interrogación en las notas de las primeras sesiones y al final de la sesión 13).

Me contó que su madre había quedado “maravillada conmigo” y otros halagos que eran signos de una buena proyección y transferencia de P. hacia mí.

Se habló de lo de siempre, de la facultad, de las librerías que había visitado, del libro que había comprado, del autor, de la edición, de la traducción, le leí un poema que considere necesario que escuchara, que la diagramación de los horarios estaba funcionando, que se estaba sintiendo mejor, etc. Faltando 10 minutos para terminar la sesión, le recuerdo que tenía que contarme algo que había quedado pendiente de la semana anterior. Le cuesta comenzar, da varios giros y cuando se decide cae una catarata de palabras en forma de catarsis irrefrenable. Relata que nunca había estado con una mujer, pero tampoco con un hombre. Que era virgen. (P. no profesa ninguna religión, eso se lo pregunto a todos mis pacientes luego del nombre y la obra social, porque para mí el pensamiento mágico y lo sagrado son lo que dan sentido a mi profesión, la razón de mis investigaciones y estudios). Nunca le había dado un beso en la boca a alguien y no por falta de oportunidades porque él se daba cuenta como las mujeres en la facultad o en la calle se le insinuaban o lo invitaban a estudiar o a compartir grupos o a salir a tomar algo. Intentó explayarse caso por caso sobre las diversas oportunidades sexuales que había tenido en los últimos meses, pero le pedí que me diera un panorama general del tema y que continuábamos la semana próxima con lo específico porque quedaban pocos minutos de sesión. Me volvió a repetir sin que yo volviera a preguntar que no era homosexual, definitivamente no le atraían los hombres y él se consideraba muy viril. Se masturbaba diariamente mirando pornografía de mujeres.

Tomo nota que no había falta de interés sexual, todo lo contrario, tenía una fiel sexualidad con él mismo. Había otra cosa sobre lo que quería hablar, pero lo dejaba para más adelante, ya terminaba la sesión.

“Hay algo que no está bien” es la frase final que escribo en mis notas de la sesión. ¿Qué no está bien? ¿Qué se me paso? Lo que no está bien tiene que ver con el sexo, pero nunca tuvo sexo, se masturba con mujeres. Algo no he preguntado ¿Tendrá un problema anatómico? ¿Algo físico relativo a la genitalidad es la causa que lo lleva a evitar el contacto sexual? ¿De ahí los problemas de autoestima que me describió en la primera sesión? Escribo al borde de la hoja “Los Cachorros” de Vargas Llosa, evidentemente reflexionando sobre el tema. ¿Tal vez un micropene? Y una segunda instancia de duda ¿Qué edad tienen esas mujeres con las que se masturba? (subrayo todo bajo la frase que me recuerda que algo no estaba bien en el relato inconcluso).

Sesión 15. A P. se lo veía bien. Se reía, estaba verborrágico, tuvimos la rutina de preguntas y respuestas habituales sobre el sueño, la facultad, las drogas del fin de semana -había ido a bailar-, los libros, las librerías, la música, la familia, lo de siempre y etc. Me dice que estuvo pensando y que tenía ganas de asistir a clases de teatro. Le digo que es una idea estupenda, que en teatro va a poder expresarse y va a conocer gente con la que relacionarse -este era quizá el mayor logro hasta ahora porque era su propia iniciativa-. Suelo leer mucha poesía a mis pacientes y a P. no solo le he leído en varias sesiones, sino que he insistido en que él mismo leyera para mí -para él-, justamente para que se soltara, expresara y poder trabajar las emociones. Fueron estas intervenciones, exitosas, al punto que había adquirido por gusto propio una excelente edición de “Una temporada en el infierno” de Rimbaud y una obra completa de Machado, mientras que cumplía la tarea de visitar semanalmente librerías de usados. Me preguntó si conocía a algún profesor de teatro, le conseguí un teléfono al que nunca llamó y jamás comenzó teatro.

Faltando 10 minutos para terminar la sesión, pregunté fuera de todo contexto (la idea era tomarlo por sorpresa, idea absurda porque ¿En qué otra cosa podía estar pensando él?)

Yo. Volviendo a lo que dejamos la semana anterior y para descartar el tema ¿Hay algún problema de índole sexual? ¿Algo físico?

P. ¿Cómo qué?

Yo. No sé….decime vos, me refiero específicamente a si el tamaño de tu pene te parece que está bien. Y te pregunto por qué me interesa que analicemos el porqué no has tenido ningún acercamiento sexual, teniendo en cuenta que tenés deseos como lo demuestra la masturbación diaria.

P. No... Ningún problema de ese tipo. Creo que tengo un pene de buen tamaño, estoy contento con él -Se ríe. Y la risa no es nerviosa, sino que incluso parece verdadera-

Yo. Excelente, entonces descartamos eso y ¿Qué edad tienen las mujeres con que te masturbas?

P. No son viejas -Se ríe, mucho, y eso es raro-

Yo. ¿Qué edad?

P. Jóvenes

Yo. No sé, Vos sos joven. ¿De tu edad?

P. Menos

Yo. ¿15?

P. Sobre esto es lo que quería hablarle…

Ya a esta altura no era necesario seguir preguntando ¿no?

Yo. ¿Qué tan chicas?

P. No sé…depende… pero más o menos entre 10 a bebitas - “bebitas” fue la palabra que uso-

 

¿Qué hace un psicólogo cuando escucha esto? Solo se puede romper el secreto profesional cuando corre peligro la vida del paciente o la de un tercero o cuando lo ordena un juez. ¿Qué denuncia puede hacer un psicólogo si no hay una denuncia previa, si el tercero no es alguien concreto, tangible, reconocible?. Y lo cierto es que P. vino a buscar ayuda. ¿Vino a buscar ayuda?

¿Hasta dónde ha llegado P. con sus deseos? ¿Cómo trabajarlo? ¿Dónde quedo mi trabajo con la distimia?

En la sesión 16 hay un solo tema para hablar y P. parece dispuesto a hacer una catarsis completa y total. Yo no sé si puedo soportar lo que escucho y realmente es imposible de transcribir por la precisión de los detalles propios de un perverso, regocijándose de lo que causa en el otro (yo).

El relato, obviando por supuesto los detalles y obligándome a generalizar, es el siguiente:

A P. le gusta subirse a colectivos y subterráneos donde cumple sus deseos sexuales. Espera a su víctima en el andén del subte o en paradas de colectivos concurridas. Tiene paciencia y tiempo, busca madres con bebas en los brazos. Sube detrás de ellas, observa donde se sientan (el bebé o niño siempre debe ser mujer porque no es homosexual y no le gustan los hombres, me recalca esto enfáticamente) entonces se para al lado y tomado del pasamanos se va acercando cm a cm hasta apoyar su miembro en la beba que sostiene la distraída  mamá. También gusta hacerlo con las niñas que suben de la mano de sus padres y quedan paradas sosteniéndose de las asideras de los asientos. Él se ubica por detrás y con el amontonamiento de gente se las rebusca para tocar o rozar las partes íntimas y apoyar su miembro en la niña inocente mientras vigila no solo la reacción de ella, sino la del progenitor y la de los otros pasajeros para no ser descubierto. Suele eyacular durante esta práctica que ha perfeccionado usando un preservativo que se coloca con un sistema de bolsillo izquierdo del pantalón sin fondo -es realmente imposible de escuchar y también de escribir-. Esto que hacía sistemáticamente todos los días, no la hace desde que fue descubierto por una madre en el subterráneo -empezó a gritarle y otros pasajeros intentaron detenerlo- pero él logró escapar corriendo “milagrosamente” justo cuando el vagón abría las puertas en la estación Callao de la línea D. Desde ese momento, que le produjo gran angustia porque temía ir a prisión y ser violado, decidió retomar terapia llegando a mi consulta.

En la sesión anterior supuse que era un pedófilo, pero no, P. era un pederasta. No era una fantasía, el deseo estaba puesto en acción.

El miedo a ser violado que se derrama anudada a la angustia de ser atrapado es algo que se me paso por alto y lo tengo en cuenta recién ahora. Analizarlo ahora no tendría sentido porque no formó parte de la terapia y en sesiones posteriores, cuando se buscó un trauma originario que pudiera explicar su estructura de personalidad, se trató el tema infructuosamente. Igual me lleva a recordar la película “Edmond” dirigida por el gran Stuart Gordon en el 2005 que narra la historia de un hombre machista, violento, perverso y abusador que encuentra la felicidad cuando, luego de sus crímenes y ya en prisión, se convierte en “la mujer” de su compañero de celda. Pero esta es una anécdota totalmente fuera de contexto.

Mi contratransferencia era realmente mala para la sesión 17. Ya en este momento de la terapia el único tema de trabajo era la sexualidad de P. acordando que los síntomas distímicos se podían comprender a partir de una estructura de personalidad perversa, psicopática, introvertida y dependiente que debía poderse rastrear desde su primera infancia.

Buscando un trauma de origen -en realidad algo para trabajar, ya que tuve que replantearme todo lo que se había hecho hasta el momento- y que de inicio a esta estructura, P. me señala dos recuerdos que evidentemente tenía muy bien analizados y presentes por la rapidez y la precisión de detalles que me ofreció. Aunque ninguno de los dos resultan traumáticos para él.

 1) Estando en primer grado de la escuela primaria, con seis años, su madre es llamada por el director porque P. les levanta la pollera a las niñas y les toca la cola

2) Teniendo aproximadamente 8 años, su madre y una amiga de ella, que tiene una bebita, bajan del auto y dejan en el asiento trasero mientras entran a un comercio a buscar algo a P, y a la bebita. A P, le alcanza ese tiempo para correrle el pañal y tocarle los genitales.

 No hay recuerdos de ser abusado, solo de ser abusador. Es absolutamente necesario trabajar el trauma original cuando el paciente es la víctima, en este caso trabajarlo tendría importancia solo para las estadísticas o para completar el caso clínico. No se logró en las sesiones siguientes encontrar ningún trauma que pudiera haber dado origen la estructura de su personalidad. Creo -y esto lo pienso ahora- que podría haber trabajado el objeto transicional que bien estudió Winnicott y con el que demostró que se puede producir el punto de inflexión de la perversión.

 

Sesión 19, P. va más allá con su relato: Me asegura que cree estar enamorado de una niña en X, dice que ha tenido relaciones sexuales con ella desde que él tenía 13 años hasta los 18 que vino a vivir a Buenos Aires. La niña hoy tiene 15 años, por lo tanto, tenía 6 años cuando abuso de ella por primera vez e hizo lo mismo durante los siguientes 5 años. No fue la única, la niña tiene una hermana 2 años menor y ocasionalmente también tuvo sexo con ella, aunque asegura que con la hermana menor nunca hubo penetración porque “era muy chiquita”.

P. terminó el relato, que abarcó casi toda la sesión, incrustado en detalles y descripciones tal como lo hubiese hecho Tolkien de haber escrito sobre aberraciones sexuales, y se quedó mirándome, esperando una intervención, una acotación mía. Era tan inconcebible lo que estaba escuchando que solo atine a decir:

-          - Entonces no sos virgen como me habías dicho…

-         - No… es que no me animaba a contarlo porque era mucho más chica que yo…

 

Las niñas tendrían ya 13 y 15 años. No había ninguna denuncia, de haberla me hubiese enterado más, no sea por la madre.

 

P. sabe que lo que hizo y hace está mal, aunque solo se plantea el dejar de hacerlo por el miedo a ser atrapado, como le sucedió en el subterráneo. Le explico que esas niñas (son allegadas a su familia, muy allegadas) tarde o temprano van a resignificar lo que les paso y van a denunciarlo. Si no es el mes próximo va a ser en 10 años, pero va a suceder y más considerando que son dos hermanas y que sus familias se ven continuamente. P. no logra tomar consciencia, no del hecho en sí, porque como dije antes lo comprende y sabe que está mal, pero lo ve como algo ajeno y lejano a él. Textualmente, dice “Es como que lo hace otro, no yo”. Hay una clara disociación.

Hago una derivación con un psiquiatra. La considero necesaria pero intrascendente. Le va a diagnosticar distimia, y le va a dar alguna pastilla para caminar más ligero. No es distimia, es un pederasta que se escapó de su ciudad y extraña a la niña ya adolescente a la que abusaba.

La madre de P. me escribe en la semana por whatsapp diciéndome que P. no le contesta las llamadas. Que lo ve mal otra vez. Es la primera vez que trato con una madre, ya que solo atiendo adultos. Pero P. es un dependiente emocional y económico de sus padres, por lo tanto, tienen que ser responsables de él.

Me surge la duda que decanta de los hechos, ¿Cuánto puede saber un padre sobre su hijo adolescente? ¿Por qué esa aceptación incondicional en permitir que se marche miles de kilómetros a estudiar una carrera que bien podría haber estudiado en su misma ciudad? No es que P. dijo “hago lo que quiero porque yo me pago mi vida” como bien aclara Machado en el anteúltimo verso de su poema “Retrato”, no, los padres lo dejan ir sin necesidad de que trabaje ni de que regrese a visitarlos. ¿Cuánto sabían los padres del pasajero oscuro de P.?. Nunca lo sabré.

En P. no hay necesidad de cura porque su problema enraíza en lo profundo de su personalidad. P. intenta suprimir los síntomas egosintónicos que en realidad son la consecuencia de una estructura de personalidad perversa que es egodistónica o por lo menos no plantea un conflicto más allá de los temores legales.

 

El intento de trabajo con la pederastia

Las siguientes 5 sesiones trabajamos la culpa, la represión y la sublimación como formas de paliar los impulsos sexuales aberrantes. No encuentro otra forma de trabajar, lo que parece imposible de trabajar, esas semanas intente embadurnarme con métodos de trabajo clásicos, pero el recorrido de otros termina en un cúmulo de hipótesis y teorías que mueren en callejones sin salida, resultando tan improductivas como la conclusión de mi propio trabajo.

Para esta fecha hay algo que tengo claro, no puedo seguir tratando a P. mi contratransferencia es absolutamente inadecuada.

 Saber que tengo sesión con P. me produce malestar. Me parece que derivarlo con otro psicólogo no sería tampoco ético, no para él ni para mí, sino ético para las niñas que están ahí afuera. No podría pasarle mis notas al nuevo terapeuta y P. quedaría sin contención psicológica y libre para seguir haciendo lo que hace para siempre, ya que es absolutamente improbable que vuelva a hablar del tema, teniendo como antecedente esta infructuosa terapia. Lo cierto es que no es un tema que alguien vaya contando de terapeuta en terapeuta, por lo tanto, de volver a iniciar terapia volvería a ser diagnosticado con distimia y probablemente abandonaría en la cuarta sesión.

El deseo del pederasta es irrefrenable, tanto como lo es para cualquier sexualidad. El trabajo que propongo es sobre el control del impulso antes de ponerlo en acción. La forma de trabajarlo es ejercitar la represión y la sublimación (como mecanismos conscientes) en el día a día para luego empezar a pensarlo a largo plazo. ¿Sublimarlo a largo plazo? ¿Dónde? ¿Volcarse a la religión y volverse seminarista? ¿En la psicología? ¿Qué se reciba y sea un psicólogo de niños? ¿O acaso puedo creer que elegiría gerontología?. En P. estaba funcionando la represión que fue originada por el miedo a ser atrapado. ¿Hasta cuándo iba a durar ese miedo? ¿Hasta que cambiara de locación? ¿Ante la falla de la fantasía de cura intentaría regresar adonde se sentía seguro? ¿A X?.

El trabajo de intentar utilizar conscientemente los mecanismos psíquicos defensivos no lleva a ninguna parte. El impulso sexual a los 22 años es como al agua, al colar los fideos, se escapa por agujeros que van surgiendo entre la pasta.

Como última opción de trabajo trate de apoyarme en su madre y convencer a P. de contar el secreto a ella y a su padre, presuponiendo que realmente desconocían el trasfondo del problema de P. y enfocándome solamente en el abuso a las dos niñas de X, obviando el resto porque es imposible de probar y P. lo sabe y yo sé por el trabajo que veníamos haciendo que si no hay consecuencias no hay posibilidad de cambio, en realidad, de represión. No podía denunciarlo, pero podía hacer que se lo dijera a sus padres -responsables cuidadores-. P. comprende que tarde o temprano va a ser denunciado por las niñas de X y que eso destrozaría a sus padres, principalmente a su madre. Prefiere decírselo él mismo a que se entere por alguien más. Es innegable que la decisión de P. está manipulada de mí, pero realmente creo que es lo mejor para todos los involucrados, incluyéndome a mí, por supuesto -en el comienzo de la exposición de mis notas subrayo mis desaciertos en varias intervenciones y di por hecho que fueron la causa del fracaso de la terapia, esta es una de ellas, pero es la última-. Le explico que de esa manera sus padres también podrían ayudarlo (son sus padres más allá de todo).

Clara y directamente le digo que no tiene ninguna distimia, que era un perverso psicópata y que lo que hace se enmarca dentro de lo que se conoce como pederastia. Que era un pederasta. Le resulta chocante la palabra y me dice que no se considera así. ¿Por qué no se considera así? Porque no es él quien lo hace, es como que lo hace otro (insiste en la disociación) y seguido me ofrece el discurso aprendido de todos los abusadores de niños “los niños tienen sexualidad…en otras culturas no es un problema….antes las niñas se casaban a los 8 años…etc.….etc.” que ponen de manifiesto lo real.

Era inminente el viaje de fin de año para las fiestas y yo no lo quería cerca de las niñas de X -P. me cuenta que quizá la familia de las niñas vayan a su casa para pasar juntos navidad, yo intento que comprenda que al tenerlo sentado en la misma mesa es probable que alguna de las dos se quiebre y lo delate, ya que ahora son adolescentes-. P. Accede a hablar con su madre dentro del marco que presta la terapia, es decir, en una sesión. La madre iba a venir a Buenos Aires por un trámite y aprovechaba para volver a X junto a P. Con la autorización de P. -él me pide que yo organice la sesión con su madre- le envío un mensaje a través de whatsapp para ponerla al tanto de que P. necesitaba contarle algo y que lo iba a hacer, si ella estaba de acuerdo, en el consultorio en la fecha indicada (Sesión 28). La madre accedió preocupada, como es lógico, y me pregunta si puede asistir también su marido y le contesto que sería perfecto si pudiesen estar los dos.

Después de la sesión 24, faltando tres semanas para terminar las clases. P. deja de ir a la facultad, no rinde los segundos parciales ni entrega trabajos prácticos y pierde las tres materias que cursaba. La madre se comunica conmigo preocupada a través de whatsapp y le digo que realmente no es relevante, que pierda las materias porque estamos trabajando algunos problemas que son realmente importantes en este momento y que la próxima semana lo hablaríamos en sesión tal cual estaba estipulado.

P. duerme de día, sale a pasear de noche y juega a su vídeojuego el resto del tiempo. Se droga el sábado y baila hasta que se apagan las luces del boliche y los de seguridad lo sacan a la vereda. Se enoja conmigo en un acting increíblemente sobreactuado porque lo derivé con un psiquiatra para que lo medique y lo mantenga drogado -ya habían pasado ocho sesiones de esa derivación-. Le digo que no quiero que lo medique nadie, solo que creo necesaria otra opinión y un punto de vista diferente.

            Esa última sesión del año, que se iba a realizar con sus padres, no se llevó a cabo. Faltando 24 hs, P. me avisa que al día siguiente, el mismo de la sesión, viajaba con sus padres a X, por lo tanto, no iba a asistir a terapia, que dejaba todo para después de las fiestas cuando volviera en enero.

La madre me llama por teléfono ese mismo día desde Bs. As. para que le informara que hacer y cuál era la causa ´por la cual no nos reuníamos como habíamos quedado, que su marido había viajado desde X especialmente para la sesión. Le dije que lo sentía tanto como ellos, pero tenía entendido que P. cambió de parecer y realmente no podía hacer nada frente a su decisión. Solo le podía aconsejar que no deje de mirar a P. -Dije mirar y no vigilar porque el mirar tiene un doble sentido que no se encuentra en el vigilar-.

Analicé la causa del derrumbe fatídico y estrepitoso en la conducta de P. durante varias semanas, aún -como pueden observar- sigo analizándola.

1) ¿Fue muy notoria mi pésima contratransferencia?

2) Lo catártico de poner en palabra lo angustiante es reconocido en la cura, pero ¿le producían angustia a P. sus fantasías-deseos-actos? ¿Si no produce angustia para que revelar tal secreto? ¿Buscaba una aprobación en mí? Puede haberle producido angustia el hecho de ser casi atrapado, la posibilidad de ir a prisión, pero la catarsis sucede meses después. Definitivamente, no intentaba un cambio, porque el dejar de ser un pasajero oscuro de trenes y colectivos fue una azarosa consecuencia del miedo a ser atrapado y no por una necesidad de cambiar. Las respuestas a estas preguntas fueron “No sé” y al proponer pensarlas P. siguió con la misma postura “No sé el porqué”.

¿Llega a consulta para averiguar qué le pasa? Nada de esto puede contestar y yo solo puedo ayudar a que interprete algo que me desagrada profundamente. De hecho, no hay culpa en continuar masturbándose mirando en la pantalla de la computadora, fotos de bebas que consigue visitando compulsivamente cuentas azarosas de Facebook e Instagram de padres que las suben y comparten sin imaginar que terminan en una carpeta dentro de una carpeta renombrada “cosas de la facultad” en el escritorio de la notebook de un pederasta que se masturba mirando la inocencia de su pequeña hija dando tumbos desnuda intentando unos primeros pasos sobre la alfombra de su living. No hay disociación psicótica sino neurótica. No hay dos personalidades ni voces, ni pérdida de realidad ni nada que indique psicosis, es un simple mecanismo de defensa neurótico y perverso frente a una situación límite no descrita por Jaspers. Miguel Hernández, en su celda de prisión, al enterarse  de que su pequeño hijo muere de hambre alimentándose solo a cebolla, le escribe en el último verso de “Nanas de la Cebolla” rogando que haga una disociación en su personalidad para poder soportar la tragedia:

“Vuela niño en la doble 

luna del pecho. 

Él, triste de cebolla. 

Tú, satisfecho.”

3) La catarsis le sirvió y fantasea con que si no rinde materias y está muy mal, sus padres le va a decir que no lo van a mantener más en Buenos Aires y lo obligarán a volver a X donde podrá estar cerca de “la niña”

 

P. regresa a mediados de enero y tenemos 4 sesiones más.

No falta a ninguna sesión ni llega tarde, su transferencia hacia mí es tan mala como mi contratransferencia. En la segunda sesión le ofrezco buscar otro terapeuta, ya que lo nuestro evidentemente no estaba dando resultado. Literalmente le digo que busque otro -no le ofrezco derivación con un terapeuta conocido-, que me llame yo hablo con él y probablemente pueda tratar las cosas desde otro enfoque porque el mío no le estaba siendo útil.

Viene a sesión obligado, evidentemente tiene miedo que lo delate y me recuerda el tema de la confidencialidad. Claramente, se arrepiente de haber contado su secreto. ¿Realmente buscaba ayuda?

            No quiso hablar sobre lo que sucedió en X durante las fiestas. Me habla de que tiene sueños raros (nunca hablamos sobre sus sueños ni había traído uno a terapia) y está “casi” convencido de que lo que me relató durante la terapia son sueños que tuvo, pero que en realidad nunca sucedió nada de lo que me contó.

Me estaba regalando una salida muy ensayada y elegante. Yo le contesté:

-    - Probablemente. haya sido todo una fantasía tuya o un sueño que soñaste alguna vez…             -¿Qué más podía decirle yo?-

 

Me dijo literalmente estas palabras:


-    - “Eso era exactamente lo que quería escuchar”.

Se incorporó del sillón, me estrecho la mano y dimos por terminada la sesión 30 minutos antes junto con todo el proceso terapéutico. 

Su madre se comunicó conmigo dos semanas después y su padre un mes más tarde, estaban preocupados por P. a ambos les dije lo mismo, que ya no era el terapeuta, que no podía romper el secreto profesional y que les recomendaba encarecidamente que insistieran en que P. continúe en terapia -con otro terapeuta obviamente-.


Esquema del análisis e interpretación de los sueños en la teoría junguiana

Sobre los sueños en sí

El sueño es un fenómeno psíquico que se sitúa por fuera de los hechos conscientes. Parecería como que el sueño no pertenece a la vida consciente, si no más bien es una experiencia externa. Sin embargo, Jung (1982) dice: “…un observador atento comprobará sin dificultad que los sueños no se sitúan por completo al margen de la continuidad de la consciencia” (p. 93). Los sueños no solo tienen una continuidad hacia el pasado, sino que también la tendrían hacia el futuro. Esta continuidad hacia adelante, según Jung (1982) produce efectos inmediatos sobre la vida psíquica consciente de las personas que bajo ningún concepto podrían calificarse “…como supersticiosas o de algún modo anormales” (p.93). Jung veía en los sueños la expresión de una sabiduría superior, de un saber que la consciencia por ser momentánea es incapaz de producir.

Los sueños no solo son fuentes de información acerca de los problemas personales del ser humano, sino que en ellos se revela el contenido de sentido arquetípico del inconsciente colectivo. Encontró Jung en los sueños una afinidad con la estructura y el funcionamiento de los complejos autónomos, ambos agrupan sus elementos en torno a un núcleo y tienen un tono emocional y afectivo, poseedores de un centro de significado.

Una de las principales hipótesis que Jung pudo corroborar en sus estudios sobre los sueños es que algunos de ellos impactan de manera muy potente sobre el psiquismo, produciendo un efecto duradero. Y cuando causan una fuerte impresión, permiten detectar una tensión energética reforzada en el psiquismo.

Jung citado por Liliane Frey-Rhon (1991) sostiene que “Con el aumento de la tensión energética adquieren los sueños un carácter ordenado, son objeto de una composición dramática, muestran una clara coherencia significativa y se incrementa la valencia de sus asociaciones” (p. 228)

 

Mecanismos del sueño

 

Mary Ann Matton (1980) plantea seis mecanismos del sueño en el análisis junguiano: contaminación, condensación, duplicación, concretización, dramatización y mecanismos arcaicos. Estos mecanismos no fueron sistematizados por Jung pero sí nombrados y citados en varios de sus escritos de forma sucinta.

1. Contaminación

Consiste en relacionar ideas aparentemente sin conexión entre sí mediante una cadena de asociaciones que tendría un mecanismo similar al que tiene la conciencia cuando se relaja al dormir. Es decir, ir haciendo una asociación de ideas hasta llegar a una que esté realmente lejana y aparentemente sin conexión con el primero de los símbolos de la cadena. Por ejemplo, se comienza con un cigarro y se termina en la cadena contaminada en el Marlowe de Chandler. Matton (1984) asegura que “A veces la contaminación revela que los miembros de un par de opuestos son en cierto sentido idénticos”. (p. 62)

2. Condensación

La condensación no solo conecta, sino que combina ideas sin relación aparente. Por ejemplo, el soñante dice que ha soñado con el Sr. K, personaje de la novela El castillo de Kafka, y sin embargo, en el sueño aparecía vestido con las ropas de su pequeño hijo y, no solo eso, sino que se deslizaba con la patineta de su hijo por la rampla que está en el frente de su trabajo. La interpretación se realizaría sobre las asociaciones que el sujeto hace del Sr. K, como también de su pequeño hijo y de su propio empleo.

3. Duplicación

Es lo opuesto a la condensación. La idea o imagen se repite en el sueño o suele aparecer en forma doble. Esto se puede dar para enfatizar un problema o para determinar algo completo de un contenido inconsciente. Cuando aparecen imágenes idénticas, por ejemplo el caso de soñar con gemelos, puede tratarse de una expresión de dualidad, como también la oposición entre lo ying y lo yang. Cuando aparecen varios episodios en un mismo sueño estarían indicando también una necesidad de describir una sola idea central, aunque desde diferentes puntos de vista. Edinger (1972).

4. Concretización

En el relato del soñador se observa lenguaje figurativo, no solo lo utiliza para describir lo que acontece a las situaciones de su propio sueño, sino también para referirse y presentar complejos conscientes en forma personificada. (Matton, 1980).

5. Dramatización

Es la dramatización del relato, de su contenido. Jung describe a este soñante como un actor en una obra teatral griega. Es expresar lo soñado dramáticamente.

6. Mecanismos arcaicos

Es la traducción de los contenidos inconscientes en formas arquetípicas. Jung indicaba que los sueños arquetípicos suelen producirse en coyunturas importantes de la vida de una persona, generalmente en situaciones de crisis como por ejemplo la cercanía con la muerte.

 

Los pasos de la interpretación de los sueños

 

La interpretación de los sueños propuesta por Jung puede variar de un analista a otro en tanto si se utiliza para interpretarlo una impresión intuitiva de significado o se concentra en las amplificaciones detalladas. Los pasos esenciales, siempre siguiendo el desarrollo propuesto por Mary Ann Matton (1980), son los siguientes:

 

1.   Enunciar el texto del sueño en términos de estructura y examinar lo completo de su carácter.

2.   Establecer el contexto del sueño. El contexto se compone de:

a.   Amplificaciones de las imágenes oníricas, que pueden incluir asociaciones personales, información sobre el ambiente del sujeto que sueña y paralelos arquetípicos.

b.   Temas que interrelacionan las amplificaciones

c.   La situación consciente del sujeto, inmediata y a largo plazo.

d.   La serie de sueños en que se da un sueño específico.

3.   Rever las actitudes apropiadas para la interpretación de sueños.

a.   No puede darse nada por sentado respecto del significado del sueño o imágenes específicas.

b.   El sueño no es un disfraz sino una serie de hechos psíquicos.

 c.   Probablemente el sueño no le dice al sujeto que debe hacer.

d.   Tener en cuenta las características de personalidad del sujeto que sueña y del intérprete.

4.   Caracterizar las imágenes oníricas como objetivas o subjetivas.

5.   Considerar la función compensatoria del sueño.

a.   Identificar el problema o complejo al cual se refiere el sueño.

b.   Evaluar la correspondiente situación consciente del sujeto que sueña.

c.   Considerar si las imágenes oníricas y la evolución psíquica del sujeto requieren una caracterización reductiva o constructiva.

d.   Considerar si el sueño resulta compensatorio al oponer, modificar o confirmar la correspondiente situación consciente del sujeto.

e.   Si el sueño es no compensatorio, anticipatorio, traumático, telepático o profético.

6.   Postular una interpretación traduciendo el lenguaje del sueño en relación con la correspondiente situación consciente del sujeto, verificarla a la luz de los hechos oníricos, modificar si es necesario y enunciar sucintamente la interpretación.

7.   Verificar la interpretación.

 

La función compensatoria en los sueños

 

Por lo general, observa Ann Matton (1980), Jung considera que casi todos los sueños son compensatorios y citándolo dice “El concepto de compensación parece ser la única fórmula adecuada” (p. 145). La compensación para Jung no se limitaba a los fenómenos psicopatológicos como se venía estudiando hasta el momento, sino, que para él, era una ley fundamental del inconsciente y planteaba como esencial basar la función de los sueños en la relación de estos con la experiencia consciente. De ahí surge la idea de que tienen una relación compensatoria con la situación de la consciencia en la que se produzca el sueño. Frey Rhon (1991) asegura que “Los sueños no solo tienen una función psicológica, sino que tienen una interacción dotada de pleno sentido entre el sistema consciente y el inconsciente” (p. 236).

En términos generales, Jung entendía por compensación un intento de establecer puentes entre los opuestos psíquicos gobernados por la propia psique. De esta manera, los sueños atienden ambos lados, se trata de la expresión espontánea de procesos inconscientes y también funcionan como respuesta reguladora y dotada de sentido a las tendencias conscientes. El único tipo de sueño que Jung deja de lado y que considera por fuera de la regla son los sueños traumáticos que repiten siempre la misma forma de situación traumática de partida (Stein, 2004). Jung hizo especial hincapié en los sueños arquetípicos o mitológicos que tendían a compensar y establecer un equilibrio de las convicciones conscientes procedentes del inconsciente colectivo. Los grandes sueños se dan en momentos decisivos del proceso de individuación: infancia, pubertad, madurez, vejez y antes de la muerte, y estos aparecen justamente produciendo compensaciones para conseguir una mejor adaptación del soñante a los cambios físicos. (Von Franz, 1984)

 

La interpretación reductiva y la interpretación constructiva

 

Este tipo de interpretación fue utilizada por Jung en sus primeros años y consistía básicamente en lo mismo que planteaba Freud, rastrear hacia atrás buscando el origen de las imágenes oníricas como si fuesen procesos elementales de impulsos. Matton (1980) lo analiza de la siguiente manera: “El efecto del sueño era retrotraer la consciencia del durmiente para llevarlo a reconocer aquellas partes de sí mismo que había rechazado, a menudo motivos infantiles y destructivos, pero no necesariamente impulsos sexuales”. (p. 152). Luego, Jung consideró peligrosa a la interpretación reductiva porque desvaloriza las actitudes conscientes y halló innecesario optar por esta interpretación que siempre amenaza al yo. Incluso encontró que esta interpretación tiende a alentar el estudio de los símbolos como si estos fueran algo fijo, haciendo perder el valor de la imagen. Jung seguía pensando que en algunas ocasiones era necesario devolver a la consciencia material reprimido e incluso bucear para encontrar los orígenes de las imágenes que perviven en el adulto soñante. Llamó a este tipo de interpretación “negativamente compensatorio” que sería una operación de retroceso y de esta manera se puede ayudar a tomar consciencia cuando su evolución interior no ha seguido el ritmo de su adaptación y logros exteriores. La interpretación reductiva se utiliza solo para modificar una actitud inmediata. (Matton, 1980).

La interpretación constructiva o también denominada sintética, es la alternativa a la reductiva. Esta interpretación busca él ¿para qué?, o él ¿con qué fin?, caracterizándose por buscar un efecto sintético y positivo dirigiendo la mirada hacia adelante, es decir, intentando tender un puente hacia el futuro. Esto se logra poniendo el interés en la comprensión de la situación actual buscando la solución en el conflicto que está presente. Jung (1935) dice:

Cuando se sabe por qué ha surgido en una persona todo cuanto ha surgido, solo lo estamos entendiendo a medias. Y si solo se tratase de eso, tanto daría que hubiera muerto hace tiempo. Pero no lo habremos comprendido en cuanto ser viviente. Pues la vida no tiene únicamente un ayer y no se explica por el hecho de que reduzcamos el hoy por el ayer. La vida tiene también un mañana, y el hoy se entiende solamente cuando somos capaces de añadir, a lo que ayer fue, los brotes que apuntan al mañana. (p.113).

 

Referencias

Edinger, E. F. (1972) Ego and archetype. Nueva York. Editorial Putman’s

Frey-Rohn, L (1991). De Freud a Jung. México. Editorial Fondo de Cultura Económica

Jung, C. G. (1935) La psique y sus problemas actuales. Santiago de Chile. Editorial Zigzag

        (1982) Símbolos de transformación. España. Editorial Paidós

Matton, M.A (1980) El análisis junguiano de los sueños. Argentina. Editorial Paidos

Stein, M. (2004) El mapa del alma según Cal Jung. España. Editorial Luciérnaga.

Von Franz, M. L. (1984) Sobre los Sueños y la Muerte. España. Editorial Kairos